Ese postre venezolano
Mi amiga venezolana me ha contado una historia increíble, a propósito de un riquísimo pastel que me trajo de regalo y me enseñó a preparar. Según ella, se trata de uno de esos postres cuya historia lo hace tan fascinante como su exquisito sabor: una torta de plátanos maduros, inigualable, que se conoce como Torta Bejarana.
Resulta que ese postre lo inventaron unas hermanas caraqueñas: Magdalena, Eduvigis y Belén Bejarano, que aunque excelentes cocineras, eran medio morenas. Ese “problemita” les permitía pocos privilegios, salvo el de trabajar por su cuenta; y les obligaba a la denigrante práctica de acudir a la misa sin derecho a usar mantilla, ni sentarse en los bancos de la iglesia reservados a los blancos, que eran por supuesto, los mejores.
Cansadas de recibir discriminaciones por el color de su piel, las Bejarano, dueñas de una fortuna nada despreciable, gracias al comercio de la torta y otras delicias, decidieron un buen día emplear una parte de esa fortuna para “comprar” el tratamiento de “Señoras”, es decir, comprar el derecho a una vida más cómoda y menos llena de discriminaciones.
Si obtenían el título de señoras, ascenderían en el escalafón social y podrían en la iglesia sentarse en el área reservada para los blancos.
En eso pusieron todo su empeño, hasta que después de muchos juicios, testimonios y diligencias de todo tipo ante el mismísimo Rey de España, este promulgó la Cédula de Gracias al Sacar, según la cual, “las tales negras Bejarano”, por orden de Carlos IV, debian “ser tenidas como blancas”.
Un triunfo que les permitió el discutible privilegio de sentarse en la última fila de los bancos de la iglesia reservados a blancos y libres y aumentó escandalosamente la fama, no solo de su tesón indoblegable, sino de su exquisita torta Bejarana, el postre predilecto del Libertador Simón Bolívar, y el más venezolano de todos los postres que se pueden conseguir en ese país.
Resulta que ese postre lo inventaron unas hermanas caraqueñas: Magdalena, Eduvigis y Belén Bejarano, que aunque excelentes cocineras, eran medio morenas. Ese “problemita” les permitía pocos privilegios, salvo el de trabajar por su cuenta; y les obligaba a la denigrante práctica de acudir a la misa sin derecho a usar mantilla, ni sentarse en los bancos de la iglesia reservados a los blancos, que eran por supuesto, los mejores.
Cansadas de recibir discriminaciones por el color de su piel, las Bejarano, dueñas de una fortuna nada despreciable, gracias al comercio de la torta y otras delicias, decidieron un buen día emplear una parte de esa fortuna para “comprar” el tratamiento de “Señoras”, es decir, comprar el derecho a una vida más cómoda y menos llena de discriminaciones.
Si obtenían el título de señoras, ascenderían en el escalafón social y podrían en la iglesia sentarse en el área reservada para los blancos.
En eso pusieron todo su empeño, hasta que después de muchos juicios, testimonios y diligencias de todo tipo ante el mismísimo Rey de España, este promulgó la Cédula de Gracias al Sacar, según la cual, “las tales negras Bejarano”, por orden de Carlos IV, debian “ser tenidas como blancas”.
Un triunfo que les permitió el discutible privilegio de sentarse en la última fila de los bancos de la iglesia reservados a blancos y libres y aumentó escandalosamente la fama, no solo de su tesón indoblegable, sino de su exquisita torta Bejarana, el postre predilecto del Libertador Simón Bolívar, y el más venezolano de todos los postres que se pueden conseguir en ese país.



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